viernes, 1 de mayo de 2015

26 de abril de 2015 - Milan-San Remo, La Classicissima

¿Qué tienen en común ciclistas como Gino Bartali, Fausto Coppi, Miguel Poblet, Eddy Merckx, Laurent Fignon, Gianni Bugno, Claudio Chiappucci, Laurent Jalabert, Mario Cipollini, Erik Zabel, Fabian Cancellara, Paolo Bettini, Oscar Freire, Alexander Kristoff o Jonh Degenkolb? Todos ellos han sido vencedores de uno de los cinco monumentos del ciclismo, de La Classicissima, de la Milan-San Remo.

Son 300 kilómetros de auténtico ciclismo, de historias épicas. A principios del año nos planteamos la posibilidad de intentarla. Lo más problemático: la distancia a la que está el punto de partida, 1.300 kilómetros desde la puerta de casa. Finalmente, nos decidimos. Salimos el jueves, vamos en coche con calma, aprovechamos el fin de semana en Milán y volvemos entre lunes y martes. El plan estaba hecho. Ahora sólo quedaba entrenar para no sucumbir a la Via Aurelia.

El jueves cargamos el coche y salimos para Milan. El tiempo es bueno y vamos haciendo kilómetros. Comemos cerca de Toulouse, en Villefranche de Laurageais y conseguimos llegar a Valence para dormir. Al día siguiente salimos temprano y pasamos por Grenoble, Chambery y Albertville y nos disponemos a cruzar a Italia por el túnel de Fréjus. 43€ de peaje nos cuesta cruzar el túnel, pero salvamos los Alpes, algo que no pudo hacer Aníbal, que los cruzó a lomos de elefantes.

Entramos en Italia y lo primero que notamos es la diferente forma de conducir de los italianos. Nos adelantan los Cinquecentos como si fueran Ferraris. Pasamos Turín y para las dos de la tarde estamos entrando en Milán. Aparcamos en la calle Filippo Bruneleschi, donde tenemos reservado el apartamento. Daniele tarda alrededor de media hora, que aprovechamos para estirar las piernas. El apartamento está bien. Nos organizamos, solucionamos el papeleo y nos bajamos a comer a un kebab-pizzeria. Comemos a buen precio y muy bien. Aprovechamos la tarde para buscar el recorrido para ir a la línea de salida de La Classicissima, para poder ir en bici el domingo. Aprovechamos para comprar algo para la cena y nos volvemos a descansar, cenar y dormir.

El sábado vamos a Milanofiori a recoger el dorsal. Vamos en metro y nos cuesta un buen rato. Cumplido el trámite volvemos al metro y nos dirigimos al centro, a visitar Il Duomo. La anterior vez que estuvimos no vimos la fachada porque estaban aún instalados los andamios. Hoy podemos admirar la fachada gótica en toda su magnitud. Recorremos toda la catedral y visitamos la tumba de San Carlos Borromeo (no sabíamos que estaba enterrado aquí).

Después de disfrutar del Duomo y de su grandeza, entramos a la Galería Vitorio Emanuele. Esto debe ser parte de la milla de oro de Milán. Están Luis Vuitton, Prada, Versace, Swarovski,... En todas las tiendas estaba un guarda de seguridad en la puerta que te controlaba al entrar. Comemos en la zona y decidimos ir al apartamento andando, paseando por Milán. Llegamos sin problemas, descansamos, cenamos, preparamos las cosas para el domingo y nos vamos a dormir, con los nervios previos de la víspera de una jornada importante.

El despertador suena a las 5 de la mañana. Fuera está aún oscuro, pero parece que no llueve. Las previsiones durante la semana era que íbamos a mojarnos seguro. Sin embargo, según nos acercamos al domingo las posibilidades de lluvia han ido disminuyendo. La temperatura es suave. Decido salir de corto, con camiseta de rejilla y manguitos. Para las 6,15 ya estoy en la calle y comienzo a pedalear hacia la salida. Trato de ir relajado, quitando nervios, pero es difícil pensando en lo que queda de día y si añadimos la incertidumbre climatológica, el nudo en el estómago es importante. Llego a Milanofiori tras 9 kilómetros agradables, varios de ellos al lado de uno de los canales de Milán. Hay ciclistas por todas partes, preparando las bicis, calentando,...

Poco a poco nos vamos colocando en la salida. No somos demasiados, alrededor de 1.000 ciclistas. Se da la salida y comenzamos a pedalear. Un grupo de alemanes con el mallot “Jungen” desaparecen a toda velocidad. Yo me preocupo de encontrar un grupo que vaya rápido pero en el que pueda ir cómodo. Formamos un grupo de 10 ciclistas, comandado por cinco griegos. Hay un inglés, un italiano, dos catalanes y yo. Nos entendemos perfectamente. Los griegos se encargan de tirar y no nos reclaman colaboración. El ritmo ronda los 33-35 kms./hora. Avanzamos bien. A los 50 kilómetros nos alcanza otro grupo. Un semáforo se pone rojo y aprovecho a desaguar. Me pilla el semáforo verde sin haber terminado y el grupo se me escapa. Intento enlazar. El calentón que me pego es importante y no consigo reducir la diferencia. Ahora son muchos ciclistas y yo estoy solo. Decido aflojar y esperar que algún grupo llegue por atrás. No tarda mucho y llegan tres ciclistas. Ahora somos dos italianos (uno de ellos resultó ser francés a pesar de llevar un maillot de Roma), un alemán con maillot Movistar y yo. Colaboramos entre los cuatro hasta que alcanzamos un grupo y ya los relevos son más espaciados. El terreno comienza a ondularse. Las llanuras de la Lombardia se acaban y nos acercamos a Liguria. Poco a poco se aproxima el Turchino, la primera dificultad montañosa del día. Antes estaba el primer avituallamiento. Aprovecho para rellenar bidones y sigo haciendo camino. A unos 10 kilómetros del alto comienza a llover. Mientras estoy decidiendo si paro o no para ponerme el chubasquero, aparece Marian con el coche. Paro, me pongo un chubasquero de goretex y sigo para arriba. La verdad es que se me hace fácil, aunque subo a mi ritmo, sin cebarme en ninguna rueda, pensando en todo momento que aún me quedan otros 150 kilómetros y los más duros.

En el alto del puerto se pasa un túnel y comienza una bajada larga, virada y con la carretera mojada. Me lo tomo con calma sin asumir ningún riesgo. Aún me queda mucha tarea por hacer. Llego a Genova-Voltri y alcanzo al Team Fantolino. Me pongo a rueda y hago unos cuantos kilómetros con ellos. En los primeros kilómetros de la Via Aurelia hay un par de subidas pronunciadas. Pregunto si es alguno de los Capos y me dice que no, que es piu lontano y que me lo tome con calma que queda mucho. La carretera es ondulada, pero sigo con piernas. Llego a Spotorno donde está el siguiente avituallamiento. Marian me espera con el coche, donde me cambio los guantes largos por otros cortos. Dejo el chubasquero y cojo agua y sales. Como algo y sigo adelante. Quedan aún 90 kilómetros. Es mejor no pensarlo.

Capo Cervo lo subo fácil. Nos vamos acercando a la meta. Capo Berta comienza fuerte. Son rampas mantenidas del 9 por 100. Prácticamente no baja del 7 por 100. Se me empieza a atragantar y me como la cabeza. Si empiezo a pasar penurias aquí, ¿qué puede pasar en la Cipressa o en el Poggio?

Mejor no pensar. Al coronar Capo Berta hay un avituallamiento. Tomo una coca cola y bajo detrás de una Vespa que no hace más que mirarme por el retrovisor. Durante toda la Via Aurelia me propongo seguir a mi ritmo. Hay ciclistas a los que paso, que no pueden seguir mi ritmo y otros que me pasan y a los que no quiero seguir, porque me da miedo reventar antes de meta.

La estrategia da sus frutos. Pasamos Imperia y se acerca el final. La Cipressa comienza a subir desde el mismo cruce. Los dos primeros kilómetros son los más duros. Las rampas oscilan todo el rato en el 8 por 100. Tras el primer tornante la pendiente se suaviza. La carretera está rodeada de viñas y de olivos. El paisaje es espectacular y procuro imprimirlo en mi retina, pues no voy a parar a hacer una foto. La carretera está plagada de pintadas. Predominan las de Nibali. Corono La Cipressa y mi cabeza se relaja, sólo queda el Poggio. El descenso es empinado, entre los muros de las villas. En el cruce de la Via Aurelia hay tres ciclistas alemanes que preguntan por la Cipressa, ya que se han pasado la entrada y deciden subirla por el descenso. Yo sigo avanzando, ya me quedan pocos kilómetros. El tramo entre La Cipressa y el Poggio parece más llano en la tele, pero es ligeramente ondulado. Por fin veo el cruce del Poggio. Al comenzar a subir, la pierna izquierda me da un aviso, pero bajo un piñon y se pasa. Las piernas aún me permiten subir de pie. Está claro que los entrenamientos en Etxauri han dado sus frutos. En el alto está el cartel de 4 kilómetros a San Remo. El descenso es rápido y muy revirado. Aún tengo los reflejos alerta, así que no paso apuros. Justo al terminar la bajada entramos en San Remo. Esto se acaba. Sin embargo, la organización es penosa y me detengo en una rotonda porque no sé dónde está il arrivo. Un italiano me señala la Via Garibaldi y me dice que me queda un kilómetro. Me monto en la bici y por fin cruzo la línea de meta.

El objetivo ha sido cumplido: he ganado el carnet de ciclista al terminar la Classicissima, uno de los cinco monumentos del ciclismo. Estoy feliz. Me hago unas fotos en la recta de meta con mi hijo. Nos juntamos varios ciclistas que hemos compartido ruta: Francesco, uno de los griegos, el francés con el maillot de Roma... Todos estamos felices por haber completado toda la prueba.

Lo mejor de La Classicissima ha sido su recorrido, paisajes, entorno y los propios participantes.

Lo peor ha sido la organización y la forma de conducir de los italianos. La organización ha sido lamentable. Había cruces que no estaban señalizados. Los avituallamientos estaban demasiado espaciados (gracias a que yo tenía al coche que me iba abasteciendo de agua y comida) y eran excesivamente escasos. Hubo bastantes ciclistas que se saltaron los cruces de La Cipressa y del Poggio. Sin embargo, en otros cruces estaban incluso los Carabinieri. En la zona de llegada no había ni siquiera un voluntario. Y en la entrada a San Remo ni existían las indicaciones: debían suponer que conocíamos el recorrido.

De cualquier forma, ha merecido la pena realizar este recorrido y el esfuerzo que ha supuesto hacerlo. Me siento ahora parte de la historia de esta carrera o, quizás, esta carrera forma parte ahora de mi historia. El día, meteorológicamente hablando, ha sido ideal para practicar el ciclismo, a salvo el agua que hemos sufrido en el Turchino.

Y esta aventura ha terminado. Y ha sido posible gracias a un equipo. Gracias a Marian y a Rubén por haberme apoyado durante los entrenamientos y en todo el viaje. El coche de apoyo fue fundamental y lo realizaron con una profesionalidad encomiable.

Y gracias a Patxi Cía, por todo el apoyo y dirección, a pesar de hacerme sufrir con los entrenamientos.

Y ahora a pensar en el siguiente objetivo.




1 comentarios:

PakoPar dijo...

Estupenda Krónika.

Parece que una está viviendo la experiencia.

Admirable tu empeño en la realización de estos eventos. La de tu familia que te apoya y sigue en la realización de los mismos.

¡ENHORABUENA!

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